Efectos sobre el discernimiento y la decisión – Régimen Alimenticio

Efectos sobre el discernimiento y la decisión
Cualquier cosa que disminuya la fuerza física, debilita la mente y la vuelve menos capaz de discernir entre lo bueno y lo malo. Nos volvemos menos capaces de escoger lo bueno, y tenemos menos fuerza de voluntad para hacer lo que sabemos que es recto.{CRA 56.4}
El uso indebido de nuestras facultades físicas acorta el período de tiempo en el cual nuestras vidas pueden ser usadas para la gloria de Dios. Y ello nos incapacita para realizar la obra que Dios nos ha dado para hacer.—Palabras de Vida del Gran Maestro, 326 (1900).{CRA 56.5}
63. Aquellos que, después de haber recibido la luz sobre el tema del comer y beber con sencillez, en obediencia a las leyes morales y físicas, todavía se apartan de la luz que les señala su deber, rehuirán cumplir con su deber en otras cosas. Evitando la cruz que tendrían que tomar a fin de estar en armonía con la ley natural, embotan la conciencia; y para esquivar el reproche, violarán los Diez Mandamientos. Algunos tienen una falta de voluntad decidida para llevar la cruz y menospreciar la vergüenza.—Christian Temperance and Bible Hygiene, 159 (1890).{CRA 57.1}
64. Los que se acarrean enfermedad a sí mismos, por la propia complacencia, no tienen cuerpos y mentes sanos. No pueden pesar las evidencias de la verdad, y comprender los requerimientos de Dios. Nuestro Salvador no extenderá su brazo hasta una profundidad suficiente como para elevar a los tales de su estado degradado, mientras persistan en observar una conducta que los hunde aún más profundamente.{CRA 57.2}
Se exige que todos hagan lo que puedan para preservar cuerpos sanos y mentes sanas. Si ellos complacen un apetito grosero, y al hacerlo entorpecen sus sensibilidades, y entenebrecen sus facultades de percepción de manera que no puedan apreciar el carácter exaltado de Dios, o deleitarse en el estudio de su Palabra, pueden estar seguros de que Dios no aceptará su ofrenda indigna más rápidamente de lo que aceptó la de Caín. Dios exige que se limpien a sí mismos de toda inmundicia de la carne y del espíritu, perfeccionando la santidad en el temor de Dios. Después que el hombre ha hecho todo lo que está de su parte para propiciar la salud, negándose a complacer el apetito y las pasiones groseras, a fin de poder poseer una mente sana y una imaginación santificada, con el propósito de poder rendir a Dios una ofrenda en justicia, es salvado sólo por un milagro de la misericordia de Dios, como lo fue el arca sobre las olas tormentosas. Noé había hecho todo lo que Dios pidió de él al confeccionar un arca segura; luego Dios realizó lo que el hombre no podía hacer, y preservó el arca por su poder milagroso.—Spiritual Gifts 4:148, 149 (1864){CRA 57.3}
65. El abusarse del estómago complaciendo el apetito, constituye la fuente fructífera de la mayor parte de las pruebas de la iglesia. Los que comen y trabajan intemperada e irracionalmente, hablan y actúan irracionalmente. Un hombre intemperante no puede ser un hombre paciente. No es necesario tomar bebidas alcohólicas para ser intemperante. El pecado de comer con intemperancia, de comer muy frecuentemente, en demasiada cantidad, y alimentos ricos y malsanos, destruye la acción saludable de los órganos digestivos, afecta el cerebro y pervierte el juicio, impidiendo el funcionamiento racional, sereno y saludable del pensamiento y la acción. Y ésta es la fuente fructífera de las pruebas de la iglesia. Por lo tanto, con el propósito de que los hijos de Dios se hallen en un estado aceptable ante él, donde puedan glorificarlo en su cuerpo y en su espíritu, que son de Dios, deben negarse con interés y con celo a complacer su apetito, y deben ejercer la temperancia en todas las cosas. Pueden entonces comprender la verdad en su belleza y claridad, y pueden ponerla en práctica en su vida. Así, por medio de una conducta juiciosa, sabia y recta, no darán a los enemigos de nuestra fe ninguna ocasión para que éstos censuren la causa de la verdad.—Testimonies for the Church 1:618, 619 (1867).{CRA 58.1}
66. Hno. y Hna. G, despertaos, os ruego. No habéis recibido la luz de la reforma pro salud, ni habéis actuado de acuerdo con ella. Si hubierais restringido vuestro apetito, os habríais ahorrado mucho trabajo extra; y, lo que es de una consecuencia vastamente mayor, habríais preservado mejor vuestra salud física, y un grado más elevado de fortaleza intelectual para apreciar las verdades eternas; tendríais un cerebro más claro para pesar las evidencias en favor de la verdad, y estaríais mejor preparados para dar a otros razón de la esperanza que hay en vosotros.—Testimonies for the Church 2:404 (1870){CRA 58.2}
67. Algunos han expresado desprecio por esta obra de reforma, y han dicho que era del todo innecesaria; ésta fue una excitación para distraer las mentes de la verdad presente. Han dicho que los asuntos eran llevados a extremos. Los tales no saben de qué hablan. Mientras hombres y mujeres que profesan piedad están enfermos desde la parte superior de la cabeza hasta la planta de los pies, mientras sus energías físicas, mentales y morales se hallan debilitadas debido a la gratificación de un apetito pervertido y al exceso de trabajo, ¿cómo pueden ellos pesar las evidencias en favor de la verdad, y comprender los requerimientos de Dios? Si sus facultades morales e intelectuales se hallan entenebrecidas, no pueden apreciar el valor de la expiación o el carácter exaltado de la obra de Dios, ni deleitarse en el estudio de su Palabra. ¿Cómo puede un dispéptico nervioso estar siempre preparado para dar respuesta, con mansedumbre y temor, a quien le pida una razón de la esperanza que hay en él? ¡Cuán pronto podría una persona tal estar confundida y agitada, y debido a una imaginación enferma ser inducida a ver las cosas con un enfoque totalmente erróneo, y por falta de la mansedumbre y tranquilidad que caracterizó la vida de Cristo, ser inducido a deshonrar su profesión mientras contiende con hombres irrazonables! Viendo las cosas desde un alto punto de vista religioso, debemos ser reformadores cuidadosos para ser semejantes a Cristo.{CRA 59.1}
Vi que nuestro Padre celestial nos ha otorgado la gran bendición de la luz relativa a la reforma pro salud, para que obedezcamos las exigencias divinas, y glorifiquemos a Dios en nuestro cuerpo y en nuestro espíritu, que son de él, y para que finalmente nos hallemos sin tacha delante del trono de nuestro Dios. Nuestra fe nos exige que elevemos la norma, y que avancemos. Aunque muchos objetan la conducta seguida por otros reformadores en pro de la salud, ellos mismos, como hombres razonables, deben hacer algo. Nuestra raza se encuentra en una condición deplorable, y sufre enfermedades de toda especie. Muchos tienen enfermedades heredadas, y sufren en gran manera a causa de los malos hábitos de sus padres; y sin embargo siguen el mismo proceder erróneo con respecto a sí mismos y a sus hijos, que fue seguido hacia ellos. Son ignorantes con respecto a sí mismos. Están enfermos y no saben que sus propios hábitos erróneos les están causando inmensos sufrimientos. {CRA 59.2}
Hay solamente unos pocos que hasta ahora han sido despertados lo suficientemente como para entender cuánto tienen que ver sus hábitos relativos al régimen alimenticio con su salud, su carácter, su utilidad en este mundo, y su destino eterno. Vi que es el deber de los que han recibido la luz del cielo, y han comprendido los beneficios de andar en ella, manifestar un interés mayor por los que todavía están sufriendo por carencia de conocimiento. Los observadores del sábado que están esperando el pronto regreso de su Salvador deben ser los últimos en manifestar falta de interés en esta gran obra de la reforma. Los hombres y mujeres deben ser instruidos, y los ministros y el pueblo deben sentir que descansa sobre ellos la responsabilidad de trabajar para agitar el tema, e instar a otros a aceptarlo.—Testimonies for the Church 1:487-489 (1867).{CRA 60.1}
68. Los hábitos físicos tienen muchísimo que ver con el éxito de todo individuo. Cuanto más cuidadoso sea Ud. en su régimen alimenticio, cuanto más sencillos y carentes de estímulo sean los alimentos que sostienen el cuerpo en su acción armoniosa, más clara será su concepción del deber. Debe haber una cuidadosa reconsideración de cada hábito y cada práctica, no sea que una condición mórbida del cuerpo arroje una nube sobre todas las cosas.—Carta 93, 1898{CRA 60.2}
69. Nuestra salud física es conservada por lo que comemos; si nuestros apetitos no están bajo el control de una mente santificada, si no somos temperantes en todo lo que comemos y bebemos, no estaremos en un estado mental y físico sano para estudiar la Palabra con el propósito de aprender lo que dicen las Escrituras: ¿Qué haré para tener la vida eterna? Todo hábito malsano producirá una condición malsana en el sistema, y la delicada y viviente maquinaria humana del estómago resultará perjudicada, y no podrá realizar su trabajo debidamente. El régimen alimenticio tiene mucho que ver con la disposición a entrar en la tentación y cometer pecado.—Manuscrito 129, 1901.{CRA 61.1}
70. Si el Salvador de los hombres, a pesar de su fortaleza divina, necesitaba orar, ¡cuánto más debieran los débiles y pecaminosos mortales sentir la necesidad de orar con fervor y constancia! Cuando Cristo se veía más fieramente asediado por la tentación, no comía. Se entregaba a Dios, y gracias a su ferviente oración y perfecta sumisión a la voluntad de su Padre salía vencedor. Sobre todos los demás cristianos profesos, debieran los que profesan la verdad para estos últimos días imitar a su gran Ejemplo en lo que a la oración se refiere.{CRA 61.2}
“Bástale al discípulo ser como su maestro, y al siervo como su señor”. Mateo 10:25. Nuestras mesas están con frecuencia cargadas de manjares malsanos e innecesarios, porque amamos esas cosas más que la abnegación, la salud y la sanidad mental. Jesús pedía fuerza a su Padre con fervor. El divino Hijo de Dios la consideraba de más valor que el sentarse ante la mesa más lujosa. Demostró que la oración es esencial para recibir fuerzas con que contender contra las potestades de las tinieblas, y hacer la obra que se nos ha encomendado. Nuestra propia fuerza es debilidad, pero la que Dios concede es poderosa, y hará más que vencedor a todo aquel que la obtenga.—Joyas de los Testimonios 1:219, 220 (1869){CRA 61.3}

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